Winnie Pooh y las abejas

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Winnie the Pooh Aventura en Globo (Parte 2)

(Ir a la Primera parte)

Así que Winnie Pooh se fue a ver a su amigo Christopher Robin, que vivía detrás de una puerta verde en otro lugar del Bosque.

-Buenos días, Christopher Robin-dijo.

-Buenos días, Winny de Puh -dijiste tú.

-Quería saber si, por casualidad, no tendrías un globo para prestarme.

-;Un globo?

-Sí; mientras venía para acá me he dicho a mí mismo: «Sería cosa de saber si Christopher Robin tiene o no tiene un globo», eso es lo que me he dicho a mí mismo, pensando en globos y cosas.

-¿Para qué quieres un globo?

Winny de Puh miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le escuchaba, puso la zarpa junto a su hocico y dijo con un ronco susurro:

-Miel.

-¡Pero la miel no se consigue con globos!

– Yo sí, dijo Puh.

Bien, pues resultó que tú habías ido a un cumpleaños el día anterior, a casa de tu amigo Porquete, y que os dieron globos en el cumpleaños. A ti te habían dado un gran globo verde y a uno de los parientes de Conejo le habían dado un gran globo azul, pero se lo había dejado olvidado, porque de todos modos era demasiado crío para ir a un cumpleaños, así que tú te habías llevado a casa el globo verde y el globo azul.

-¿Cuál prefieres? -le preguntaste a Puh

Puh puso la cabeza entre las zarpas y meditó cuidadosamente. -Verás -dijo-, cuando vas a por miel con un globo, lo más importante es que las abejas no te vean llegar. Si vas con un globo verde, pueden creer que eres parte del árbol y no hacer caso; y si vas con un globo azul, pueden creer que eres parte del cielo y no hacer caso, y la cuestión es: ¿cuál es mejor?

-¿No crees que te verían a ti debajo del globo?

-A lo mejor sí y a lo mejor no -dijo Winnie the Pooh Nunca se sabe con las abejas.

Pensó un momento y dijo: -Intentaré parecer una nubecita negra. Eso las despistará.

-Entonces será mejor que te lleves el globo azul -dijiste tú, y así se decidió.

De modo que salisteis los dos con el globo azul y tú llevabas el rifle, como siempre, por si acaso. Winny de Puh se fue a un charco que él conocía, lleno de barro, y se revolcó y se revolcó hasta que se volvió negro del todo. Más tarde, cuando ya habíais inflado el globo bien grande y lo teníais los dos sujetos por la cuerda, tú lo soltaste de pronto y Puh subió flotando suavemente, hasta que llegó a la altura de la copa del árbol, pero a diez metros de distancia.

-¡Hurra! -gritaste.

-¿No es estupendo? -gritó Winny de Puh-. Dime qué te parezco.

-Pareces un Oso agarrado a un globo -dijiste.

-¿Seguro? -preguntó Puh muy angustiado-. ¿Seguro que no parezco una nubecilla negra en el cielo azul?

-No mucho.

-Bueno, a lo mejor desde aquí arriba se ve distinto y, como te decía, con las abejas nunca se sabe.

No había viento que pudiera acercarle al árbol, así que allí se quedó quieto. Podía ver la miel, podía oler la miel, pero no podía alcanzar la miel. Al cabo de un rato te volvió a llamar.

-¡Christopher Robin! -dijo en un fuerte susurro.

-Qué?

-Me parece que las abejas sospechan algo.

-¿Algo de qué?

-No sé. Pero estoy seguro de que sospechan.

-A lo mejor creen que vas a quitarles la miel.

-A lo mejor es eso; con las abejas nunca se sabe.

Se hizo otro silencio y en seguida volvió a llamarte.

-Christopher Robin!

¿Si?

-¿Tienes un paraguas en casa?

-Creo que sí.

-Te agradecería que lo trajeras aquí y te pasearas con él arriba y abajo, diciendo: «Vaya, vaya, parece que va a llover». Creo que, si hicieras eso, ayudaría muchísimo a engañar a las abejas.

A ti te dio la risa. «Oso tontorrón», pensaste, pero no lo dijiste en voz alta porque le quieres mucho. Así que te fuiste a casa a por el paraguas.

-Ah, ya estás aquí -gritó desde lo alto Winny de Puh tan pronto como volviste junto al árbol. Ya me estaba poniendo nervioso. He descubierto que las abejas están definitivamente llenas de sospechas.

-¿Quieres que abra el paraguas? -preguntaste.

-Sí, pero espera un momento. Tenemos que ser prácticos. Lo importante es engañar a la Abeja Reina. ¿Puedes ver desde ahí cuál es la Abeja Reina?

-No.

-¡Qué pena! Bueno, de todos modos, si ahora abres el paraguas y te paseas diciendo «Vaya, vaya, parece que va a llover», yo por mi parte haré lo que pueda cantando una Cancioncilla de Nube como la que cantaría una nube cualquiera… ¡Venga!

Y así, mientras tú te paseabas arriba y abajo con el paraguas, Winny de Puh se puso a cantar:

Yo soy una Nubecilla
que flota en el cielo azul;
la Nube que va flotando
siempre prefiere ir cantando.

Yo soy una Nubecilla
que flota en el cielo azul;
me siento muy orgullosa
de ser Nube algodonosa.

Las abejas seguían zumbando tan llenas de sospechas como antes. Algunas incluso dejaron sus nidos y volaron alrededor de la Nube en cuanto empezó el segundo verso de la canción, y concretamente una abeja se posó sobre la nariz de la Nube y luego se marchó.

-Christopher Robin-gritó la Nube.

Si?

-¡He estado pensando y he llegado a una decisión importante: estas abejas son de mala clase!.

-¿Tú crees?

-Estoy seguro. Así que lo probable es que la miel sea también de mala clase, ¿no te parece?

-Si tú lo dices…

-Sí; por lo tanto voy a bajar.

¿Cómo? -le preguntaste tú.

Winny de Puh no había pensado en esto. Si soltaba la cuerda, se caería de golpe y eso no le hacía ninguna gracia. Así que pensó durante un buen rato y luego dijo:

-Christopher Robin, tienes que disparar al globo con tu rifle. ¿Tienes aquí tu rifle?

-Claro que lo tengo -le dijiste-. Pero si hago eso romperé el globo.

-Y si no lo haces -dijo Puh-, tendré que soltar la cuerda y me romperé yo.

Dicho así comprendiste que la cosa no tenía remedio, de modo que apuntaste cuidadosamente al globo y disparaste.

-¡Ay!-dijo Puh.

-¿He fallado?

Yo no diría que has fallado -dijo Puh-. Pero no le has dado al globo.

-Lo siento -dijiste y volviste a disparar y esta vez sí le diste al globo; el aire empezó a salir despacito y Winnie de Pu bajó flotando hasta el suelo. Pero los brazos se le habían quedado tan tiesos de sujetarse a la cuerda del globo durante tanto tiempo, que no pudo bajarlos en una semana, y cada vez que se le paraba una mosca en la nariz tenía que soplar para que se fuera. Y ahora que lo pienso (pero no estoy seguro), ése fue el motivo por el que siempre se le llamó Pooh.

-Y ahí se acaba el cuento? -preguntó Christopher Robin.

Ahí se acaba este cuento. Pero hay otros.

-¡De Puh y de Mi?

-Y de Porquete y Conejo y todos los demás. ¿No te acuerdas?

-Sí, me acuerdo, pero luego, cuando me quiero acordar, se me olvida.

-El día que Puh y Porquete quisieron cazar un Pelifante…

-Pero no lo cazaron, ¿verdad?

-No.

-Puh no es capaz porque no tiene ni pizca de cerebro.

¿Sabes si yo lo cacé?

-Bueno, eso forma parte del cuento.

Christopher Robin asintió con la cabeza. -Ya recuerdo -dijo-, pero Puh ha olvidado todo, así que le gustaría que se lo vuelvas a contar porque entonces es como un cuento nuevo y eso es mucho mejor que acordarse.

-Tienes toda la razón -dije.

Christopher Robin suspiró profundamente, agarró a su oso por una pata y lo arrastró hasta la puerta. Desde el umbral se volvió y preguntó:

-¿Vas a subir a ver cómo me baño?

-A lo mejor -dije yo.

-¿Verdad que no le hice daño cuando le disparé?

-En absoluto.

Asintió con la cabeza y salió. Un momento después oí a Winnie the Pooh (plom, plom, plom) subiendo las escaleras detrás de él.

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