¿Quién sabe?

Había una vez, un granjero que vivía en una región muy muy pobre. El hombre tenía un hijo y ambos compartían penas en una pequeña casita, en las afueras del pueblo. Su posesión más preciada era una yegua que les ayudaba a trabajar la dura tierra de la que malvivían.

Un día, en el que el hijo se descuidó, la yegua salió trotando monte arriba y desapareció entre la espesura del bosque. Los vecinos, al conocer la noticia, se acercaron a consolar al padre comentando la mala suerte que había tenido.

– ¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe! – respondió el hombre.

Al cabo de unas semanas la yegua regresó preñada y, con el tiempo, dió a luz un hermoso potrillo. Los vecinos curiosos se acercaron a conocerlo, felicitándolos por la buena suerte que habían tenido, ya que ahora eran los dueños de dos animales de tiro, tan apreciados para las tareas del campo.

– ¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe! – respondió el hombre pensativo.

Pasó el tiempo y el potrillo fue creciendo. El hijo llevaba unos días montándolo, para enseñarle las tareas que debía realizar en la granja, cuando el asustadizo animal se encabritó tirándole al suelo. El azar quiso que la caída diera como resultado una fea rotura de la pierna del muchacho. Como en el pueblo carecían de médico la rotura curó mal y le dejó una cojera que acarrearía de por vida. Los vecinos lo miraban con pena cuando lo veían pasar por las calles, comentando la mala suerte que el pobre chaval había tenido.

– ¿Mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe! – le decía su padre.- Así que levanta ese ánimo hijo mío.

Unos meses después estalló una guerra contra el reino vecino. El rey ordenó alistarse a todos los mozos que estuvieran en edad de portar las armas. Cuando llegaron a su pequeño pueblo y vieron la cojera del joven dijeron que éste no era apto para la batalla, así que lo dejaron quedarse en su casa. Los vecinos que habían tenido que aportar sus hijos al ejército del rey, desolados, le decían al padre la suerte que había tenido de que su hijo se quedara cojo.

Él, dirigiéndose a su hijo, le dijo:

– ¿Ves hijo mío?, ahora tú podrás seguir con tu vida diaria mientras tus amigos y vecinos mueren en una guerra que ni nos va ni nos viene. Pensabas que era una desgracia haber quedado cojo con aquella mala caída, pero, como siempre te digo: ¿mala suerte?, ¿buena suerte?, ¡quién sabe!.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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