Cuento de la lechera

Hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivía una niña llamada Elisa.

 Elisa y su madre pasaban los días cuidando de la hermosa granja que habían construido trabajando duro y haciendo negocios bien pensados. Tenían una hermosa casita, un granero, una gran huerta y varios corrales con todo tipo de animales domésticos. Vivían bien y eran felices.

 

El día en que transcurre nuestra historia Elisa se levantó de un salto de la cama. Su madre no tuvo que insistir e insistir, como de costumbre ocurría. Antes de que el sol asomara sus primeros rayos por el borde de su ventana para darle los buenos días, la niña ya estaba sentada en la cama con una enorme sonrisa en su cara. Y es que, ¡aquel precioso día era el de su cumpleaños!. LLevaba varias semanas contando los días que faltaban y, por fin, había llegado. ¿Qué sorpresa le habría preparado su mamá?. Estaba deseando enterarse. Así que se vistió y bajó corriendo a la cocina.

 

– Elisa cariño, ¡felicidades!.- Le dijo su madre nada más verla.- ¿Hoy sí que has madrugado eh?- continuó, sonriendo a su hija con cariño.

 

– Buenos días mamá.- Respondió la niña- ¡Es que estaba tan contenta que no podía aguantar más en la cama!

 

Y, mientras hablaba, giraba y daba saltitos sin parar de reir.

 

– Bueno, bueno, tranquilizate un poco. ¡Así no puedo contarte cúal es tu regalo este año!

 

La niña, sentándose en una silla y sin dejar de sonreír, se quedó mirando a su madre.

 

– Bien, así está mejor.- le dijo ésta.- Este año se me ha ocurrido una idea que seguro te gustará. Ya eres mayor para poder acercarte al mercado a vender nuestros productos y, casualmente hoy es día de mercado. Nada más terminar tu desayuno vas a ir a ordeñar a Blanquita. Es la vaca que da la mejor leche de todas las que tenemos. Llenarás el cántaro grande, ese de las dos asas, y lo llevarás a vender. Todo el dinero que obtengas te lo podrás quedar como regalo de cumpleaños. ¿Qué te parece?

 

Elisa se puso en pié de un salto diciendo:

 

– Mamá, ¡muchas gracias!. ¡Es una idea fantástica!.

 

Y, tal como su madre le había propuesto, desayunó, ordeñó a Blanquita y cogiendo el cántaro lo colocó sobre su cabeza y salió canturreando hacia el mercado.

 

Por el camino iba pensando, contenta, en qué podría hacer con el dinero que iba a obtener de la leche. Era una gran cantidad y, si era lista, podía obtener un precio elevado por ella. Su madre le había enseñado a hacer buenos negocios así que se le ocurrió que, en vez de gastar directamente el dinero, podía invertirlo de alguna manera.

 

– Ya sé,- se dijo a sí misma- con el dinero que me den voy a comprar una gallina ponedora a la que cuidaré mucho. Recogeré cada día los huevos que vaya dando y los iré vendiendo. Cuando consiga el dinero suficiente, compraré un pequeño cerdo al que engordare. Y cuando sea grande también lo traeré al mercado, lo venderé y me compraré una buena vaca lechera. De ese modo ya tendré, para seguir vendiendo, los huevos de la gallina y la leche de la vaca. Y cuando reúna una buena cantidad de dinero…

 

Pero la pobre niña no pudo acabar la frase. Andaba tan concentrada en sus pensamientos que no reparó en la enorme piedra que había en medio del camino. Y, tropezando con ella, cayó, cuan larga era, al suelo, derramando el contenido de su preciado cántaro.

 

Llorando totalmente desolada regresó a casa para contarle a su madre lo que le había pasado.

 

– No llores cariño.- le dijo ésta.- Las cosas no siempre nos salen bien a la primera. Pero lo más importante es no dejar de intentarlo. Aprende la lección y la próxima vez pon más atención en lo que estás haciendo. La semana que viene, el día de mercado, podrás volver a intentarlo.

 

Elisa aprendió ese día una valiosa lección: si quieres soñar despierta será mejor que lo hagas cuando no tengas una tarea importante que realizar.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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