Los tres deseos

Había una vez un anciano matrimonio de pescadores, que vivían muy felices en una choza destartalada cerca del mar, la choza había superado sol y tempestades, al igual que los ancianos. Eran pobres, pero no debían nada a nadie, sus hijos se habían casado, y como vivían cerca les visitaban a menudo.

Todos eran pescadores y ocurri√≥ que un d√≠a, despu√©s de una mala semana en que no pesc√≥ m√°s que latas vac√≠as y botas viejas, al recoger las redes el anciano Pascual sac√≥ un gran pez gordo y hermoso, tan grande que pens√≥: ‚ÄĒHe aqu√≠ que parece que va a cambiar mi suerte. 
Para su sorpresa el pez se puso ha hablarle, cosa que ning√ļn pez hab√≠a hecho antes: 
‚ÄĒPor favor, su√©ltame, soy el rey de los peces y sin m√≠ no tendr√°n gu√≠a ni justicia. He de vigilarlos. 
‚ÄĒSi tambi√©n les cobras impuesto se alegraran de tener un gorr√≥n menos que alimentar. 
‚ÄĒ¬°Pascual, no digas tonter√≠as!, los peces necesitan quien les gobierne sino, ¬Ņcomo sabr√≠an por d√≥nde han de ir y a qui√©n se pueden comer, o si mucho me apuras a qui√©n le toca dejarse pescar? 
‚ÄĒPues parece que llevas una semana sin darles esa √ļltima orden, o no te han hecho caso, porque lo que es yo, eres el primer pez que cae en mis redes en mucho tiempo, y necesitamos el dinero que por ti me dar√°n. Lo siento rey pez, pero no te puedo soltar. 
‚ÄĒBueno, si solo es cuesti√≥n de econom√≠a te propongo un trato: T√ļ me sueltas y yo a cambio te conceder√© tres deseos, uno para t√≠, otro para tu esposa Rogelia, y otro que deb√©is decidir los dos. Si los medit√°is bien y escog√©is con sabidur√≠a, podr√©is solucionar vuestra vida y la de vuestros hijos y nietos. ¬ŅVale? 
‚ÄĒDe acuerdo, te soltar√©, pero ¬ŅComo sabes como nos llamamos? 
‚ÄĒComo rey de los peces mi deber es conocer todo lo que nos concierne, y los pescadores nos conciernen much√≠simo, cr√©eme.

Al llegar a casa mientras Rogelia terminaba de preparar la cena, Pascual le explic√≥ todo lo que hab√≠a ocurrido. Ella se puso a fantasear sobre que deseos tendr√≠an que pedir para conseguir estar a cubierto de toda necesidad. Mientras tanto la cena se quemaba… 
‚ÄĒMujer, ‚ÄĒdijo Pascual‚ÄĒ  llevo todo el d√≠a en el mar y tengo un hambre atroz. Cenemos y luego lo decidimos. 
‚ÄĒMe temo que no hay cena, se me acaba de quemar, solo nos queda pan duro y algo de queso. 
‚ÄĒ¬°Queso, queso! ¬ŅQui√©n quiere queso?, ¬°Con el hambre que tengo lo que me gustar√≠a es poder hincarle el diente a una gruesa de buenas morcillas con cebollitas doradas y un buen pedazo de pan tierno! 
Dicho y hecho, sobre la mesa apareció un plato de morcillas con cebollas fritas y una barra de pan recién salido del horno.

Pascual, que miraba la mesa con la boca abierta por la sorpresa, not√≥ que su mujer se iba poniendo roja de rabia, lo cual era m√°s sorprendente aun para Pascual pues Rogelia, que durante toda su vida hab√≠a afrontado grandes calamidades sin aspavientos, siempre dando ejemplo de paciencia y comprensi√≥n, se puso a chillar como una loca: 
‚ÄĒ¬°Borrico, has desperdiciado un deseo, t√ļ y tu est√≥mago! ¬°Malandr√≠n, siempre igual, solo piensas en morcillas. Ojal√° se te pegasen a esa narizota tuya, est√ļpido goloso, as√≠ las llevar√≠as delante de la boca todo el tiempo! 
Dicho y hecho, ahora fue Rogelia la que se quedó muda de asombro, aunque le tocó reaccionar deprisa e ir a apartar al perro de encima de su marido, ya que el animal al ver una gruesa de morcillas salir volando desde la mesa, (donde sabía que tenía prohibido coger comida), hasta la cara de su amo, creyó que era un nuevo juego y su oportunidad para pillar algo de comida.

‚ÄĒYa ves lo que has conseguido, por rencorosa y mal hablada, no sab√≠a que fueses avariciosa. Yo, reconozco que desperdici√© mi deseo, con lo que yo perd√≠, pero hubi√©semos podido compartir una rica cena. T√ļ, en cambio, lo has desperdiciado para perjudicar a otro, sin beneficio para nadie, solo para satisfacer tu avaricioso rencor. Ahora mi √ļnico deseo ser√° que se me quiten las morcillas de la nariz y vuelvan a la mesa, t√ļ ver√°s. 
Y diciendo esto se sentó, esperando la decisión de Rogelia.

‚ÄĒPero Pascual, pi√©nsalo, podemos aun aprovechar el √ļltimo deseo, pedirnos una granja, o una casa sin goteras ni corrientes de aire, o buena pesca para la familia. ¬°Pi√©nsalo Pascual! 
‚ÄĒ¬°Te digo que no! Haberlo pensado antes, no puedo pasarme el resto de mi vida con una gruesa de morcillas colgando de mi nariz y con todos los perros de la vecindad intentando com√©rselas.

Rogelia al final comprendió las razones de su marido y accedió a desear lo mismo que él.

Volvieron a quedar como antes, bueno, algo mejor, pues tenían una gruesa de morcillas con dorados aros de cebolla y una barra de pan tierno para cenar. Aunque realmente a ninguno de los dos le hacía demasiada ilusión comer morcillas.

Alg√ļn tiempo despu√©s Pascual√≠n, el hijo mayor de Pascual y Rogelia atrap√≥ en sus redes al rey de los peces.

Este le hizo el mismo ofrecimiento que a su padre, es m√°s, le lleg√≥ a ofrecer que cientos de peces saltar√≠an a su barca todos los d√≠as, si lo dejaba marchar, pero Pascual√≠n le respondi√≥: 
‚ÄĒCon eso me demuestras que no eres un buen rey, sino un tirano, pero aunque fueses el mejor rey del mundo no te soltar√≠a a cambio de promesas. ¬ŅAcaso no conoces el viejo refr√°n: “M√°s vale p√°jaro en mano que ciento volando”? 
‚ÄĒPero yo no soy un p√°jaro sino un pez. 
‚ÄĒDisculpa pero ahora ya no eres pez sino pescado y con lo grande y gordo que eres, en el mercado me dar√°n m√°s dinero por t√≠ que por cien p√°jaros, de eso estoy seguro.

Efectivamente, Pascual√≠n consigui√≥ un buen fajo de billetes con el que pudo comprar los materiales para reparar las goteras de casa de sus padres. Y muchas cosas m√°s, y a√ļn pudo guardar algo para los malos tiempos, por lo que nunca volvieron a pasar necesidad.

Y desde entonces todos vivieron felices y comieron perdices, 
y a m√≠ no me dieron porque no quisieron 

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