El patito feo

Había una vez una granja, grande y bonita, en la que vivían un montón de animales: vacas, cerdos, ocas, cabras, varios perros, ovejas, patos, algún gatito que otro…. muchos y preciosos animales. Todos se conocían y eran amigos. Así que todos sabían, de sobra, que mamá pata estaba a punto de tener de nuevo patitos. Los patitos pequeños eran tan bonitos y graciosos que estaban ansiosos por conocerlos. La pata llevaba varias semanas incubándolos y esperaba que, de un momento a otro, hicieran su aparición. 

Era el mediodía de uno de los días más calurosos del verano. Los animales descansaban tranquilamente a la sombra cuando, de pronto se escuchó cuac, cuac, cuac…. Al ponerse de pie, mamá pata vio como, uno por uno, sus patitos iban rompiendo su cascarón. Según conseguían salir ella iba apartando las cáscaras para dejar espacio a los demás, e iba contando. Un patito, dos patitos, tres, cuatro, cinco y…. y el sexto?

Desde el principio aquel huevo había sido un misterio. Era muy grande, bastante más que los que compartían espacio bajo el agradable calorcito de su madre. Abuela pata decía que era un huevo de pavo y le había recomendado a mamá pata que dejara de incubarlo. Pero ella no le hizo ningún caso. Estaba en su nido y, por lo tanto, era su pequeño. ¿Cómo podría abandonarlo?

Así que siguió ahí, tranquilamente, esperando a su último patito, mientras los demás se iban desperezando ante los animales que se habían reunido para darles la bienvenida. Su paciencia se vió recompensada. De pronto el cascarón comenzó a resquebrajarse. Poco a poco, un pequeño pico, fue quitando cachitos, haciendo hueco para que una pequeña cabecita pudiera asomar por él.

Todos los allí congregados se quedaron en silencio, mirando con asombro. Aquel nuevo patito era totalmente diferente a sus hermanos. Su plumaje era gris, en vez de blanquecino, y era más grande y desgarbado. Los comentarios no se hicieron esperar. La vaca moteada, que se pasaba las horas masticando hierba en la pradera, exclamó con tono desdeñoso:

– ¡Pero que pato más feo! No se parece en nada a los demás.

Una algarabía de comentarios desagradables rodeó al pobre patito que, asustado, se acurrucó tras su madre. Mamá pato, viendo el modo injusto en que estaban siendo tratados, cogió a sus patitos y se alejó de allí.

El tiempo fue transcurriendo y las cosas no fueron a mejor. Todo lo contrario. Segun el patito crecía su apariencia era, cada vez, más extraña. Se hizo mucho más grande que sus hermanos y poseía un pelaje gris nada agraciado. Los demás animales de la granja no le dejaban en paz: los patos adultos lo picoteaban para alejarlo de ellos, los pavos lo perseguían y las gallinas se pasaban el día burlándose terriblemente de él. La situación llegó a un punto en el que mamá pato ya no lo pudo aguantar más y acabó por echarlo de allí.

El indefenso patito se alejó de su hogar sintiéndose triste y rechazado. ¡Incluso su madre había decidido echarlo de su lado!

– Si nadie me quiere me iré muy lejos de aquí. – Dijo para sí el pobre animalito.

Caminó y caminó hasta que, un buen día, encontró una bandada de gansos silvestres. A ellos parecía no importarles su apariencia e incluso lo trataban con amabilidad, así que decidió que se quedaría junto a estos nuevos amigos. Pero la mala fortuna quiso que un día unos cazadores acabaran con ellos. El patito consiguió sobrevivir escondiéndose entre unos juncos. Triste y solo volvió de nuevo a los caminos.

Una tarde encontró, en un pequeño valle, una casita en la que vivía una anciana con un gato y una gallina. Se quedó unos días, pero como la mujer vió que no podía ni poner huevos lo echó del lugar.

Siguió caminando, solo, durante semanas. Una cálida tarde de otoño, mientras contemplaba el atardecer, vio una enorme bandada de grandes pájaros que le dejaron con la boca abierta. Sus movimientos eran ligeros y sus plumas blancas como la nieve. ¡Eran tan hermosos! Los cisnes se alejaron, volando con elegancia. Y el patito, viéndolos partir, pensó que ojalá él pudiera ser, si no tan hermoso como ellos, al menos un poco menos feo. Tal vez así alguien lo querría.

El otoño pasó y llegó el invierno. El patito tenía hambre y mucho frío. Cuando podía se guarecía en algún granero, pero siempre terminaban echándolo fuera donde fuera. A pesar de todo decidió que seguiría luchando. Antes o después encontraría su lugar en el mundo. Y, aunque fue duro, consiguió sobrevivir. ¡Por fin llegó la primavera!

Una soleada tarde de verano se acercó a un estanque para refrescarse. Al rato observó, maravillado, cómo llegaba volando la bandada de hermosos cisnes que había visto el otoño pasado. Los animales se posaron con gracia en el agua y, para sorpresa del patito, se acercaron a él.

– Hermano, ¿qué haces aquí tan solo? –  Le dijo uno de ellos. – Ven, únete a nuestra bandada.

¿Hermano? ¿Unirse a su bandada? ¿Qué estaba pasando?

Estaba tan sorprendido que no era capaz ni de responder. Aturdido bajó la cabeza y… lo que vio lo dejó de piedra. ¡El estanque le devolvía el reflejo de un hermoso cisne! ¡Era él, era su reflejo! No podía dar crédito a lo que veía.

Levantó la cabeza y mirando al cisne que le había hablado le respondió:

– Me sentiría muy honrado de pertenecer a vuestra bandada. Muchas gracias.

Y, alzando el vuelo, se reunió, por fin, con los suyos.

 

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