El muñeco de nieve

El mes de diciembre había iniciado con una nevada en un colegio, en el recreo unos niños deciden armar dos bolas de nieve: Una grande y una mediana. Colocan esta última sobre la primera y arman la base del muñeco de nieve. Al terminar el receso, el muñeco comienza a tener vida propia, al tener una cabeza podía pensar y decidió llamarse Roque. Notó que le faltaban los ojos, boca, nariz y el resto de su cuerpo. Se sentía incompleto.

Esperó a que los niños aparecieran pero al finalizar el día, estos no regresaron: Los pequeños habían terminado sus clases y se habían marchado con sus familias a sus respectivas casas, haciendo sentir al muñeco mal aunque no lo supieran.

Con el pasar de los días, nadie viene a terminarlo. Roque se estaba sintiendo muy apenado y triste. Antes del receso navideño, el último día de clases, piensa que los niños se acercaran para terminarlo pero esto nunca ocurre. Roque sigue siendo dos grandes bolas de nieve, un proyecto sin culminar.

Como desearía no ser dos simples bolas de nieve, que alguien me de ojos, boca, ropa y terminar de darme vida en esta larga espera”, pensaba melancólicamente. Comenzó a preguntarse si esos niños lo recordarían, si aún lo querían. Necesitaba que terminaran de armarlo, necesitaba sentir emociones, su necesidad de tener vida era más allá de sus expectativas. Estaba desesperado.

La mañana de Navidad, pasan por allí los mismos niños que comenzaron a crear a Roque. Recuerdan que comenzaron a crearlo en el patio cuando estaban en clases y que nunca lo terminaron. Con ayuda del conserje, estos chiquitos entran al patio y con mucha alegría para Roque y ellos acaban lo que iniciaron.

Con una zanahoria le ponen la nariz, dos viejos botones vendrían siendo los ojos y Roque comienza a mejorar su estado de ánimo. Dos ramas se convirtieron en sus nuevos brazos, una bufanda abriga su cuello y su adorno en la cabeza era un hermoso sombrero de copa. Roque estaba muy contento porque ya casi es él mismo, ya casi es Roque, ya estaba casi vivo.

Aun así, siente que se están olvidando de algo, una parte vital de su ser. Ya tenía los ojos, podía ver su alrededor y contemplar la caída de la nueve y sus creadores. Ya tenía la nariz, podía oler. ¡Eso era! ¡Le faltaba una boca! Sin esta, no podía hablar ni sonreír, silbar ni bostezar y mucho menos cantar para los niños.

Estos buscaron algo para hacer la boca de Roque, cualquier cosa no le podían colocar: Tenía que ser algo especial, que destacara. El conserje busca dentro de la escuela y consigue un lindo lazo rojo. Los niños se alegraron al verlo y Roque también: Ese cordón sería su nueva boca.

Por fin estaba listo el muñeco, Roque ya era Roque finalmente, era único y especial, muy distinto a cualquier muñeco de nieve. Pudo jugar con los niños el resto del día, estaba muy feliz por estar vivo.

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