Cuento de Blancanieves

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Cuentos Disney - Cuentos de princesas Disney

Había una vez, en un lejano palacio, una reina a la que le gustaba coser sentada cerca de una ventana que tenía un marco de ébano negro. Era invierno y estaba nevando. Gruesos copos de nieve caían del cielo como  si fueran esponjosas plumas.

El espectáculo era tan hermoso que la reina se despistó mirándolo y se pinchó el dedo con su aguja. Tres gotas de sangre cayeron en la nieve sobre el marco de ébano de la ventana. Viendo el bello efecto que hacía el rojo sobre la blanca nieve, la reina dijo para sí:

– ¡Ojalá tuviera una niña tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como la madera de ébano!

Sus deseos se hicieron realidad, pues poco después dio a luz una niña con una piel tan blanca como la nieve, unas mejillas tan sonrosada como la sangre y de cabellos tan negros como el ébano, a la que llamaron Blancanieves.

La madre, que tanto había añorado a su hermosa niña, murió en el parto. El rey, viendo la necesidad de dar una nueva madre a su hija, contrajo matrimonio unos meses después con una mujer muy bella, pero orgullosa y vanidosa.

Ésta poseía un objeto que era para ella muy preciado: un espejo mágico. Cuando se situaba frente a él para mirarse y le preguntaba:

– ¡Espejito, espejito mágico! ¿Quién es la mujer más hermosa del reino?

El espejo le respondía:

– Tú eres la mujer más hermosa de este reino.

Los años fueron pasando y la pequeña Blancanieves, a medida que crecía, se volvía cada vez más hermosa.

Y ocurrió que, un día, cuando la reina preguntó al espejo sobre quién era la mujer más bella del reino, éste respondió que Blancanieves era la más hermosa.

La reina, que era muy envidiosa, terriblemente enfadada ordenó a uno de sus cazadores llevar a Blancanieves al bosque y asesinarla. Para probar que sus órdenes habían sido cumplidas, una vez muerta la niña tendría que llevarle a la reina su corazón en una caja.

El cazador obedeció con pena, porque la hija del rey le caía muy bien, y se la llevó. Pero cuando se disponía a atravesar el corazón de Blancanieves, ésta se puso a llorar y a suplicar por su vida. El hombre, que en el fondo era bondadoso, no tuvo fuerzas para matarla y la dejó ir, no sin antes dejarle claro que nunca, bajo ningún concepto, debía volver a palacio. Como era muy diestro en su oficio de cazador se internó en el bosque, mató un jabalí, y le llevó a la reina su corazón, como prueba de la muerte de la niña.

Blancanieves, asustada, corrió y corrió hasta que, a lo lejos vio una pequeña cabaña. Llegando hasta ella entró y se encontró ante una larga mesa en la que estaban dispuestos siete platitos llenos de comida y siete vasos llenos de vino. En el extremo opuesto podía ver una larga fila compuesta por siete pequeñas camas. Muerta de hambre y de cansancio, probó un poco de comida de cada plato, bebió un sorbo de vino de cada vaso y, finalmente, se acostó a lo largo de las siete camitas.

La cabaña era la morada de unos enanitos que pasaban el día obteniendo piedras preciosas en una cercana mina. Cuando ese día regresaron de trabajar, notaron enseguida que las cosas no estaban como ellos las habían dejado. Vieron que alguien había comido de sus platos y bebido de sus vasos, y, en cuanto se acercaron a las camas, pudieron ver a Blancanieves, que dormía profundamente a lo largo de todas ellas. Se congregaron alrededor de las camas, observando con curiosidad a la niña. Maravillados ante su belleza  y viendo lo tranquila que dormía, decidieron no despertarla.

Cuando a la mañana siguiente la niña despertó, se encontró con siete caritas bondadosas que la miraban con curiosidad. Y al contarles lo que le había ocurrido se ofrecieron, sin pensárselo dos veces, a ayudarla.

– Tranquila Blancanieves, puedes quedarte con nosotros el tiempo que haga falta. No te preocupes, cuidaremos de ti. – Le dijeron los enanitos.

En ese mismo instante, en palacio, la reina le preguntaba de nuevo a su espejo:

– ¡Espejito, espejito mágico! ¿Quién es la mujer más hermosa del reino?

A lo que el espejo respondió:

– Tú, mi reina, eres la más hermosa de palacio. Pero en el reino la más hermosa es Blancanieves, que vive en el bosque, en casa de los enanitos.

La reina estaba furiosa. Aquel cazador desvergonzado se había atrevido a desobedecer sus órdenes y, además, le había mentido. Como no podía fiarse de nadie decidió que ella misma se encargaría de matar a la niña. Haciendo uso de magia negra hechizó una manzana para que, cuando la princesa la mordiera, cayera muerta.

A la mañana siguiente se presentó en la casita del bosque, disfrazada de anciana, y llamó a la puerta. Blancanieves, que se encontraba haciendo la comida mientras los enanitos estaban en la mina, le abrió.

– Buenos días querida niña. Me dirigía al pueblo cuando he visto tu casita. Soy muy mayor y me siento cansada. ¿Me permitirías descansar un ratito y tomar un poco de agua?. – le dijo.

– ¡Por supuesto! – Respondió la niña con amabilidad. – Siéntese aquí mientras yo le traigo un vaso de agua.

Blancanieves atendió a la mujer y, cuando ésta se disponía a marcharse le dijo:

– Has sido muy amable jovencita. Toma esta manzana tan hermosa en agradecimiento a tus cuidados.

Blancanieves cogió la manzana, le dió un mordisco e inmediatamente cayó inconsciente al suelo. La bruja, sonriendo satisfecha, se alejó hacia el castillo.

Cuando los enanos regresaron se encontraron con la niña tirada en el suelo y, por mucho que lo intentaron, no consiguieron despertarla. Lloraron desconsolados por la pérdida de su amiga. Sabían que tenían que enterrarla pero la idea de meterla bajo tierra les parecía demasiado dura, de modo que fabricaron un ataúd de cristal, lo subieron a lo alto de una hermosa montaña y le colocaron una inscripción de oro que ponía: aquí yace la hija de un rey.

Un día, un príncipe pasaba por allí, y se encontró, por casualidad, con el ataúd de cristal. Al ver a Blancanieves, que parecía sumida en un profundo sueño, se enamoró de inmediato de la joven y, sin poder evitarlo, lo abrió y depositó en sus labios un suave beso. En ese mismo instante Blancanieves abrió los ojos. 

Acompañada por el príncipe y los enanos, que estaban encantados de haber recuperado a la princesa, se presentó en palacio donde le contaron a su padre lo que su terrible madrastra había hecho. Éste, horrorizado, la echó de palacio, y nunca más la volvieron a ver.

 

Pasado un tiempo Blancanieves se casó con el príncipe, de quien ella también se había enamorado, y vivieron felices por siempre jamás.

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