Cuentos Disney

La Cenicienta
Érase una vez una joven que, además de ser dulce y bondadosa, poseía una extraordinaria belleza
Tenían un gran pesar en su corazón
El padre sentía desde entonces una profunda tristeza y echaba terriblemente de menos a su mujer. Pero sabía que su
Hacía ya tiempo que su hermana le había hablado de una joven viuda que tenía dos hijas. Ellas necesitaban un hogar y el padre pensó que el hecho de tener dos hermanas animaría y haría feliz a su hija. Así que se decidió y acabó por casarse de nuevo
Los primeros meses transcurrieron con tranquilidad. Todo era un poco raro para la niña y su padre. Pero supusieron que era porque tenían que ir acostumbrándose poco a poco a la nueva situación.
Un buen día el padre les anunció que debía partir por un tema de negocios
Nada más irse las cosas comenzaron a cambiar para su hija. Su
Una mañana despertaron con el ruido de unos urgentes golpes en la puerta de entrada. Era un correo
La pena de la niña no tenía consuelo
— A partir de ahora todo esto deja de ser tuyo. Mis hijas se trasladarán a este cuarto y daré orden para que les arreglen tus vestidos
Y diciendo esto le lanzó un viejo vestido a las manos.
— Toma, ponte esto. El vestido que llevas no es el adecuado para tus nuevas tareas.
La pobre niña, bajó corriendo a la cocina donde, sentada en el borde de la chimenea
— Mírala, con esos andrajos ya no parece tan perfecta. Además, los ha llenado de ceniza sentándose ahí. — dijo una de ellas.
— Sí, viéndola así me parece que, a partir de ahora, deberíamos llamarla Cenicienta
Y riendo encantadas se alejaron dejando sola a la pobre niña.
Los años fueron pasando y Cenicienta creció y se convirtió en una joven de excepcional belleza

El Baile Real
Una mañana, mientras barría la casa, escuchó por casualidad a sus hermanas que charlaban animadamente sobre el baile que el príncipe había organizado. Era un baile muy especial puesto que todo el mundo estaba invitado, cualquiera podía asistir. Cenicienta se sintió terriblemente feliz. ¡Un baile!
– ¿Pero tú te has visto bien? – le dijo una de ellas con voz burlona.
– ¿A dónde vas a ir tú con esas pintas y esos andrajos? – intervino la otra.
En esos momentos la madre entró en la sala. Sus hijas, entre risas, le contaron las imposibles intenciones de Cenicienta de acudir al baile.
– Bueno hijas mías – dijo la madre poniendo orden en el alboroto que se había organizado.- Si el príncipe opina que cualquiera puede ir a su baile, ¿quienes somos nosotras para contradecirle? Por supuesto que Cenicienta puede acudir…. Siempre que termine sus tareas de limpieza de la casa, la colada, la limpieza del granero y la atención de los animales.- Concluyó la astuta mujer.
Cenicienta, cabizbaja y conteniendo las lágrimas, salió de la habitación. ¿Que significaba aquello sino que no podría acudir?. Le llevaría varios días realizar todas aquellas tareas y el baile era al día siguiente. Subió corriendo al pequeño cuarto que hacía ya unos años le dejaban ocupar y, una vez allí, se tiró en la cama llorando con amargura.

El Hada Madrina
De repente, una brillante luz inundó la habitación. Cenicienta se sentó en la cama observando con asombro. La luz fue disipándose poco a poco y, en el centro de la habitación se encontró con una mujer que le sonreía bondadosa.
– No llores más Cenicienta. Soy tu hada madrina y estoy aquí para ayudarte.- le dijo.
– Mañana, cuando te levantes, todas tus tareas estarán realizadas. Y, cuando caiga el día, vendré para ayudarte a prepararte para el baile.
Y dicho esto desapareció envuelta en la misma luz brillante que la había traído.
A la mañana siguiente Cenicienta se levantó encantada. Iba a ser un gran día. Bajó de su habitación y recorrió toda la casa. Como le había dicho su hada madrina todas las tareas estaban acabadas. No cabía en sí de gozo.
Pero la felicidad no le duró demasiado. Cuando la malvada madrastra vió que las tareas estaban realizadas se sintió profundamente contrariada. Ella no quería que su hijastra fuera. Por eso le había encomendado tantas tareas. No quería que la belleza que sabía que poseía la niña hiciera sombra a sus hijas. Rápidamente pensó en otro impedimento y… de repente se le ocurrió.
– Muy bien niña.- Le dijo a Cenicienta.- Has cumplido con tus quehaceres y puedes acudir al baile. Pero no puedes presentarte ante el príncipe con esas pintas. Busca en tu armario algo apropiado y, si lo encuentras, podrás acompañarnos.
La niña volvió de nuevo a su cuarto hecha un mar de lágrimas
Nada más desaparecer de su vista la última de las ruedas volvió a envolverle la brillante luz que había visto la noche anterior. Y, ante ella, de nuevo encontró a su hada madrina.
– Ya estoy aquí niña, como te prometí ayer. Debemos darnos prisa o no llegarás a tiempo.
Con un ligero movimiento de su varita, convirtió los trapos sucios de Cenicienta en un hermoso vestido
Cenicienta giró encantada, admirando sus lujosos ropajes.
– ¡Muchas gracias!.- exclamó.- ¡Es maravilloso!
El hada madrina le miró con cariño:
– Date prisa niña, no pierdas tiempo. El baile va a comenzar.- le dijo mientras la empujaba hacia la carroza.
Y dándole un ligero beso la vio partir feliz.
Cuando Cenicienta llegó al palacio el baile justo había comenzado. Así que cuando apareció en lo alto de la ancha escalera que daba paso al salón de baile todo el mundo ya estaba allí congregado. Nada más aparecer la joven se hizo el silencio en toda la sala. Estaba tan deslumbrante que todo el mundo la tomó por alguien de la realeza. Incluso sus propias hermanas y su madrastra fueron incapaces de reconocerla.
El príncipe
– Me harías el favor de dedicarme el primer baile.- le dijo al llegar ante ella, realizando una galante reverencia.
– Sería un honor alteza.- respondió Cenicienta cogiendo al príncipe del brazo.
Después del primer baile, vino el segundo… y el tercero… La noche fue cayendo y entre bailes, conversaciones y risas los jóvenes fueron poco a poco enamorándose.
Tan feliz estaba Cenicienta que ni siquiera fue consciente de que el tiempo iba pasando. Cuando, de repente, comenzaron a sonar las campanadas
El príncipe, sin tiempo para reaccionar, tan sólo fue capaz de ver cómo su amada se perdía en la lejanía. Apesadumbrado bajó la vista descubriendo, con asombro, que la joven había perdido uno de sus zapatos en su apresurada huida. Aquella delicada zapatilla parecía hecha a medida. Rápidamente comenzó a pensar:
– Ya lo tengo. Recorreré mis tierras con este zapato y buscaré a quien lo ha perdido. Y cuando la encuentre la convertiré en mi esposa.
Se mandaron emisarios a todos los rincones del reino avisando a las jóvenes de que debían estar preparadas para la visita del príncipe, que iría probándoles el zapato de cristal, una a una, hasta dar con aquella a la que le quedara perfecto. Y que esa mujer se convertiría en su esposa.
Pueblo tras pueblo, casa tras casa, el príncipe fue probando, pacientemente el diminuto zapato de cristal. Pero no había manera de que le quedara bien a nadie.
Tras varios días de viaje llegó a la casa en la que Cenicienta vivía con su madrastra y sus hermanastras. El príncipe intentó en vano colocar la zapatilla de cristal en los enormes pies de sus hermanas. Cansado se volvió para marcharse cuando uno de sus consejeros le dijo:
– Alteza, en los registros pone que aquí vive otra joven.
– ¿Es eso cierto?.- dijo el príncipe mirando con enfado a la mujer.- Dejé claro en mi edicto que todas las muchachas debían probarse el zapato. ¿Dónde se encuentra esa joven?
– Veréis alteza. No quería disgustaros.- dijo la madre con voz melosa.- Es que se trata tan sólo de nuestra criada, que ni siquiera acudió al baile. No creí que fuera necesario que ella estuviera aquí.
– Yo decidiré lo que debe hacerse. He dicho que todas las jóvenes deben probarse el zapato y así será.- Dijo alzando la voz.- Traed a la muchacha inmediatamente ante mi.
Al momento Cenicienta, que había estado viéndolo todo escondida en la casa, apareció ante el príncipe. Este, nada más verle, supo de inmediato que se encontraba ante la mujer que buscaba
Los jóvenes, radiantes de felicidad por haber conseguido reunirse, partieron de inmediato hacia palacio
Pocos días después se celebró la boda
Tu nombre tiene un cuento
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Cenicienta es mucho más que una historia de princesas; es un relato poderoso sobre la resiliencia ante el maltrato. La actitud de las hermanastras refleja un comportamiento de acoso (bullying) basado en la envidia y la exclusión. Utiliza este cuento para enseñar a los niños que el mal comportamiento de los demás no define su valor personal. Explícales que la «magia» de Cenicienta no fue solo el Hada Madrina, sino su capacidad de no dejar que la amargura de su entorno apagara su bondad interior. Es una oportunidad excelente para hablar sobre cómo mantener la dignidad cuando otros nos tratan mal y recordar que, al final, la verdadera nobleza se demuestra con actos, no con títulos ni vestidos.

